José Juan Tablada

A propósito de José Juan Tablada en el 150 aniversario de su natalicio (1871-2021)

Tablada fue un escritor polifacético por los temas que trató, los géneros periodístico-literarios que desarrolló y los distintos momentos de su presencia en el escenario intelectual del país. Su trayectoria en el ámbito cultural mexicano atravesó de la última década del siglo XIX a bien entrado el siglo XX, 1945, cuando sus restos fueron trasladados de Nueva York a México y depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en 1946.

Recuento de una vida intensa. Los antecedentes, la formación

En la primera parte de sus memorias, La feria de la vida, Tablada escribió:

Los recuerdos de la niñez, inconexos pero bañados de luz y de color, me hacen el efecto de estampas de un colorido fuerte y franco […] Estoy dentro de una esmeralda –bajo el follaje de los árboles bañados de sol-esmeralda que sin perder su color reflejara tonos de ámbar, de turquesa y de naranja. Así sintetiza en el recuerdo el paisaje de trópico. ¡Como una esmeralda dentro de la cual yo vivo y vibro deslumbrado! Mi primera sensación es el sabor del agua tras la jornada calurosa. Alguien acerca a mis labios una rústica jícara llena de agua clara y fresca, pero que bajo los árboles es esmeralda líquida… Bebo en ella ávidamente, aspirando el grato olor húmedo y frutal del calabazo y saboreando con adánica integridad el líquido que me desaltera… (Tablada, 1991: 19-20).

Esas impresiones de Tablada, de cuando tenía cuatro años de edad (1875), son las evocaciones del niño convertido en escritor que lo acompañarían en su trayectoria profesional, como poeta, periodista y estudioso del arte mexicano por más de cincuenta años.

De nombre José Juan de Aguilar Acuña Tablada y Osuna, nació en la Ciudad de México el 3 de abril de 1871 y murió en Nueva York el 2 de agosto de 1945. Fue hijo de José de Aguilar Tablada y Mariana Acuña, y nieto de Juan Nepomuceno de Aguilar Tablada, quien fuera oficial del ejército realista originario de Montilla, Córdoba, España. Sus primeros años transcurrieron en la hacienda familiar de Chicomóztoc, en el estado de Tlaxcala. A la edad de tres años viajó a Mazatlán, siguiendo el viejo Camino Real de los mercaderes de la nao de China, experiencia que marcaría su encuentro con Oriente, según consta en sus memorias.

Vivió en Puebla de los Ángeles (1877-1880), donde inició su educación primaria y la concluyó en el Instituto Kathain y el Colegio Grosso, en la capital del país. Al mismo tiempo, se adentraba en el mundo de la literatura mediante las aventuras de Julio Verne y los cuentos de Las mil y una noches. A los 15 años de edad, en 1886, ingresó al Colegio Militar, en el Castillo de Chapultepec (donde conoció a Julio Ruelas, quien ilustraría varias de sus crónicas); posteriormente cursó el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria –de ahí su proclividad a algunos preceptos del positivismo– y realizó cursos de pintura, con dinero que su padre destinó antes de su muerte para que tuviera una formación en las artes plásticas.

El joven escritor iba moldeando su camino. Así, a los 18 años de edad publicó su primer poema, “A”, de corte romántico, en La Patria Ilustrada (1888), y poco después “Transmigración”, en El Partido Liberal (1890). Inició sus actividades periodísticas en el diario El Universal, dirigido por Rafael Reyes Spíndola, en 1891, con poemas de su autoría, traducciones de poemas y de cuentos de escritores franceses (Guy de Maupassant, Jean Richepin, Alphonse Daudet). En ese año aparecieron también sus columnas: “Rostros y máscaras. Fisonomías”, “Croquis violentos” y “Entrevistas falsas”, además de una serie de artículos de crítica literaria y pictórica, con las que daría comienzo a una extensa producción periodística en la prensa mexicana. A los 22 años de edad dirigía la sección literaria del periódico El País (1893), cuando fue expulsado por publicar su poema “Misa negra”, de contenido erótico y considerado sacrílego por las autoridades. Este hecho dio origen a la polémica sobre el decadentismo y el modernismo en México y llevó a la fundación de la Revista Moderna, en 1898. Entre la última década del siglo XIX y la primera del XX siguió una nutrida participación mediante sus colaboraciones periodísticas, entre crónicas, artículos, ensayos, poemas, relatos y reseñas, en los diarios El Siglo XIX (1892-1893), El País (1893), El Correo de la Tarde (Mazatlán, Sinaloa, 1894), El Mundo (1897), Revista Azul (1894-1895), Revista Moderna (1898-1903) y Revista Moderna de México (1903-1907).

Fortalecimiento de una trayectoria

En el último año del siglo XIX publicó su primer libro de poemas: El florilegio (treinta y tres textos), con una segunda edición aumentada en 1904 (de ochenta y siete piezas); ambas compilaciones (parte de ellas publicada en las páginas de la Revista Moderna) advierten el empleo de las formas clásicas: un dominio en el manejo de los alejandrinos, endecasílabos y versos de arte menor, propios del romance, y, en ocasiones, sonetos. De influencia baudelariana, la obra refleja ese ambiente que nutrió su primera juventud; gran parte de sus poemas expresan excesiva sensualidad y erotismo, su preferencia por lo mórbido, lo exótico y experiencias con el hachís. Su poética de finales del siglo XIX y principios del XX trasluce la bohemia mexicana: los claroscuros, el vicio y la desesperanza, considerada entonces como una fidedigna manifestación de la segunda generación del modernismo en México.

Durante la presidencia del general Porfirio Díaz, Tablada prestó servicios en la administración pública que marcaron su adhesión incondicional al régimen en distintos momentos. Ocupó cargos y comisiones en la Escuela de Bellas Artes, el Museo Nacional (además de profesor de Arqueología en 1906) y la sección de Archivo, Estadística e Información, siendo Justo Sierra ministro de Instrucción Pública, entre 1902 y 1903, así como funcionario en el Ministerio de Educación, a partir de 1904. Poco antes, en mayo de 1900, había realizado su polémico viaje al Japón (del que todavía queda duda si llegó al país oriental), auspiciado por Jesús Luján, y envió a la Revista Moderna la crónica “Hacia el país del sol”, desde el puerto de San Francisco, California. A su regreso a México continuó con la serie de textos en la Revista Moderna, bajo el título “En el país del sol”, que publicó con el mismo título en 1919 por la editorial Appleton, en Nueva York, y fortaleció su prestigio de japonista, también, con la publicación de Hiroshigué, el pintor de la nieve, de la lluvia, de la noche y de la luna (1913), personaje que fue decisivo para su concepto del arte. En 1903 se casó con Evangelina Sierra, sobrina del ministro Sierra, y efectuó su viaje de bodas a Francia. Posteriormente fue comisionado por la Secretaría de Relaciones Exteriores en 1909 para escribir la biografía de los secretarios de esa institución a partir de 1821. En 1910 fue nombrado diputado por el estado de Tlaxcala.

Autorretrato del mítico pintor japonés Utagawa Hiroshige (1797-1858). Imagen donada a Wikimedia Commons en el marco de un proyecto del Museo Metropolitano de Arte (MET) de Nueva York, bajo la licencia abierta CC-BY http://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/deed.en. Dominio público.

 

Ilustración elaborada por Hiroshige que Tablada incluyó en su obra a él dedicada ‘Hiroshigué, el pintor de la nieve, de la lluvia, de la noche y de la luna’ (1913). Colección José Juan Tablada, en el Instituto de Investigaciones Filológicas http://www.tablada.unam.mx/hiroshigue/takanava.html. Dominio público.

Una vez desatada la Revolución Mexicana de 1910 Tablada se adhirió al régimen de Victoriano Huerta, continuó como jefe de redacción del periódico El Imparcial, asumió los cargos de director del Diario Oficial, inspector de Bellas Artes y profesor de Artes Orientales en la Academia de la misma institución, y consejero de la Caja de Préstamos de Hacienda. Precisamente, el resultado de sus simpatías por Díaz y Huerta dieron como fruto los ejemplares: La epopeya nacional. Porfirio Díaz (1909) e Historia de la campaña de la División del Norte (1913), con alabanzas al segundo. Utilizó su pluma para hacer periodismo político con su columna “Tiros al blanco”, en la que combatió al general Bernardo Reyes en sus aspiraciones a la vicepresidencia de la República y con su tragicomedia Madero Chantecler (1910), para restarle prestigio a Francisco I. Madero. Debido a estos antecedentes y por el derrocamiento de Huerta de la presidencia, Tablada tuvo que salir del país en 1914 y su casa de Coyoacán fue destruida por los zapatistas, donde albergaba colecciones de arte y artesanía mexicana y sus objetos de arte oriental. Según el relato del propio escritor, en el saqueo se perdió su novela “La nao de China”.

El exilio, Sudamérica, Nueva York y su apoteótica participación en la vanguardia literaria latinoamericana

Según consta en la segunda parte sus memorias, Las sombras largas, Tablada se exilió en los Estados Unidos y vivió momentos difíciles, “Días de Veracruz, trágicos y febriles días a la sombra del pabellón extranjero […]. Meses del exilio en Galveston, donde la catástrofe asomó franca; años de Nueva York de vulgar y exasperante tragedia” (último párrafo del último capítulo de sus entregas al periódico) (Tablada, 1993: 461). El escritor viajó a la Ciudad de México en 1918 para reconciliarse con el presidente Venustiano Carranza, quien le dio el nombramiento de segundo secretario de la Legación Mexicana en Colombia y Venezuela y le encomendó actividades propagandísticas en favor del gobierno mexicano en Sudamérica, para contrarrestar la imagen negativa que estaba dejando la Revolución Mexicana. Ese periodo también fue muy fructífero para su nutrida producción literaria y sus estudios sobre la plástica mexicana, mientras cumplía funciones diplomáticas.

Después de un lapso muy prolongado respecto a su poemario anterior, y fiel a su espíritu renovador, publicó, en 1918, Al sol y bajo la luna, con una nota preliminar de Leopoldo Lugones, donde alternó piezas de corte romántico con otras que advertían su pertenencia a la vanguardia: llegó a romper la estrofa clásica gráficamente e introdujo elementos visuales. Al año siguiente, 1919, salió a la luz en Caracas Un día… poemas sintéticos, su primer libro de haikús, innovador también en la tipografía, en el ordenamiento estrófico de los versos como en su concepto de “libro objeto”. Coronó 1920 con la edición, también en Venezuela, de Li-po y otros poemas, de corte igualmente vanguardista; sus piezas se acercan al carácter plástico, ideográfico de la poesía china, que le permitirían inscribirse dentro de los cánones del género: alcanzar la poesía en su pureza y lograr su belleza. Tales innovaciones tendrían una gran recepción por parte de la crítica literaria sudamericana.

Instalado definitivamente en Nueva York, en febrero de 1920, el poeta fijó su residencia en el 464 Central Park, en el corazón de Manhattan. Quizá decidió afincarse en la zona más cosmopolita del mundo en los años veinte del siglo homónimo por su incesante búsqueda de lo moderno, de acuerdo con las revelaciones que hizo en uno de sus artículos de su columna “Nueva York de día y de noche”, para El Universal: “Es innegable que Nueva York después de la Gran Guerra, es la metrópoli mundial, el máximo centro cívico de la tierra, no sólo plutocráticamente sino por otros motivos que vinculan más o menos con esta urbe los intereses internacionales” (Tablada, El Universal, 19 de septiembre de 1926). En la ciudad neoyorkina continuó con la publicación de sus poemarios, como El jarro de flores, en 1922, conformado también de haikais (adaptación del haikú al castellano) un tanto más elaborados y sofisticados. Le hizo composiciones al sol, a las frutas y al insomnio, entre diversos motivos. Con su poemario La feria, editado en 1928, Tablada regresa al escenario mexicano, describe momentos, costumbres, recuerdos de infancia provinciana y evoca la naturaleza a través de su bestiario; vuelve presente al México prehispánico, mediante animales sagrados, viejas deidades y el arte antiguo. Con ilustraciones de Miguel Covarrubias, Matías Santoyo y George Hart el texto está lleno de elementos plásticos y de fuerte colorido.

 

En Manhattan, Tablada efectuó una intensa labor de difusión del arte mexicano, sobre todo lo relacionado con la estética del muralismo y la política cultural de México, temáticas que bajo la modalidad de crítica de arte, crónicas y ensayos se publicaron, entre otros medios, en International StudioShadowlandsSurvey GraphicThe ArtsCurrent OpinionThe New Repúblic y The Younger Set. Con los mismos propósitos de difundir el arte contemporáneo, el escritor abrió por un tiempo la librería Los Latinos en la ciudad neoyorkina. Desde inicios de la década de los veinte y la siguiente, varias publicaciones mexicanas acogieron sus numerosos artículos sobre asuntos culturales, sociales, orientales y de arte mexicano; entre ellas, Revista de Revistas (1918, 1919 y 1923), El Universal Ilustrado (1919-1920), El Maestro (1921) y Cine Mundial (1922). Inició sus escritos sobre el escenario neoyorkino casi desde que se instaló en Nueva York con acontecimientos que habrían de ocupar un amplio espacio en sus columnas periodísticas por más de dos décadas en los periódicos Excélsior (1920-1924) y El Universal (1924-1934, 1936), que acogió a la más representativa de ellas: “Nueva York de día y de noche”.

Reconsideraciones: los aportes, la mirada introspectiva y la vuelta a la esencia mexicana

Resulta indudable que su prolongada estancia en Nueva York le permitió a Tablada enriquecer y consolidar su proyecto estético. En sus ensayos y crónicas trató nuevas situaciones socioculturales, estéticas y espirituales; subyacen en ellos el espíritu de indagación y de apertura a lo novedoso. Pasó de textos decimonónicos y modernistas a escritos que representaban el nuevo escenario mundial y, más que en la forma, la renovación estuvo en la ampliación de los contenidos temáticos. Aparte de seguir tratando asuntos sobre Oriente, zoología, micología o expresiones estéticas como la escultura, el cine, el teatro y la ópera, sus más de setecientas crónicas incluyeron: música, danza, arquitectura, cocina, restaurantes, racismo; además de las relaciones humanas: el amor, el matrimonio, las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica, las guerras, la expansión del socialismo, los avances de la ciencia, el psicoanálisis, entre muchos otros fenómenos; mismos que formarían parte del repertorio en sus crónicas de “México de día y de noche”, publicadas en Excélsior entre 1936 y 1939, una vez que vuelve a México por una larga temporada acompañado de su segunda esposa, Nina Cabrera, durante el periodo presidencial del general Lázaro Cárdenas.

Su papel principal como promotor del arte mexicano en Norteamérica quedaría comprobado en la difusión y representación realizada en Nueva York de la obra de Miguel Covarrubias, del Dr. Atl, del muralismo mexicano con Diego Rivera y José Clemente Orozco a la cabeza, y en los numerosos ensayos y artículos periodísticos publicados tanto en Estados Unidos como en México. Pieza fundamental de ese propósito fue su Historia del arte en México (1927), considerado por la crítica como texto fundacional para la historiografía del arte mexicano en el siglo XX en su búsqueda por encontrar nuevos asideros para su reinterpretación (Eder, 2001), pues el cronista consideraba que México era un país signado por una ininterrumpida vocación por el arte y la cultura; muestra de ello era que en el continente americano México era el único país con una gran tradición artística indígena, colonial y moderna.

Si bien la obra poética de Tablada fue reconocida por las innovaciones en las formas y las imágenes, sobre todo por haber sido el introductor del haikú en lengua española, como lo repetía el poeta, la revaloración de su poética en México vendría por el lado de sus contenidos, tal como se vio con La feria, que fue observada desde el nacionalismo como un regreso o vuelta a la patria. Héctor Valdés, en la compilación Poesía, aprecia que el poemario “es el libro más nostálgico de México; bajo sus apariencias de ruido y de color el poeta recupera tiempo e imágenes que parecían perdidos: su infancia en Puebla, Otumba, la Hacienda Chicomostoc, el figón, el circo, el loro […], lo que fue un ambiente fin de siecle en El florilegio cede el lugar al tianguis, al sarape de Saltillo […] y a la jícara de Michoacán” (en Tablada, 1971: 23). En la misma perspectiva se sitúa Octavio Paz en torno a la revaloración de los aportes del poeta: tras su fallecimiento en 1945, consideró que la mexicanidad en la obra de Tablada solamente existía en La feria (Paz, 1957: 76-85).

La vuelta a México en 1936 acentuó las inquietudes de Tablada en el terreno del arte y la cultura, en sus crónicas periodísticas de Excélsior abogaba por que se mejoraran las condiciones de vida y de educación del pueblo para que aprovechara mejor las riquezas naturales y artísticas del medio y reavivó los años dorados de su juventud fin de siècle, pero siempre sin dejar de lado su participación en el arte contemporáneo, sobre el que organizó numerosas exposiciones, fiel a su espíritu renovador.

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