Alejandro Paulino Ramos: “Cambios culturales provocados por la ocupación americana en 1916”

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La República Dominicana sufrió significativas transformaciones económicas,  demográficas, tecnológicas, políticas y culturales a partir del último cuarto del siglo XIX, fruto del surgimiento de la industria azucarera, la inversión de capitales foráneos, y la presencia de miles de inmigrantes, lo que incidió en la aparición de un sector poblacional que comenzó a abandonar la faena campesina para convertirse en el embrión de lo que sería la clase obrara dominicana. La vida en las ciudades comenzó a ser diferente a la que se practicaba en los campos dominicanos.

Los cambios de finales del siglo XIX trajeron aparejados la existencia de gobiernos liberales, la presencia de la inversión extranjera norteamericana, y la consiguiente apertura para la promoción de lo que se entendía como el progreso nacional: modernización del transporte con la construcción de líneas férreas, la inmigración “deseada”, la iluminación eléctrica en Puerto Plata y Santo Domingo, la instalación de los primeros puentes, dinamización de la economía y transformaciones culturales que se alejaban de las herencias española, indígena y africana para estrechar, en las dos primeras décadas del siglo XX, los lazos económicos, políticos y culturales con los  Estados Unidos de Norteamérica.

La Republica Dominicana de 1916 todavía era extremadamente atrasada, reminiscencia de la sociedad hatera que recién comenzaba a cambiar a partir de 1870, con el inicio de la Industria azucarera.  La población no sobrepasaba el millón de habitantes. El primer censo nacional de población de 1920, realizado por los americanos arroja la cifra de 894,000 habitantes, siendo las provincias más pobladas: Santo Domingo 146,000 habitantes, Santiago 123,000, La Vega 106,000 y Azua 101,000;  estas cifras incluyeron tanto la población rural como la urbana. Más del 70 % de la población residía en la zona rural. Por esa situación poblacional, en la cultura dominicana estaba anclado y muy arraigado el pasado colonial. Sin embargo, el inicio del proceso industrial y la llegada de miles de inmigrantes en muy pocos años, incidieron, provocando cambios importantes en la identidad de los dominicanos.

En el período que va de 1870 hasta  1916, decenas de miles de inmigrantes se establecieron  en el país, especialmente en la Capital, Santiago, Puerto Plata y San Pedro de Macorís y en las áreas cercanas a los ingenios,  aportando prácticas productivas y culturales desconocidas hasta entonces; pero que en un rápido proceso de hibridación se fueron enraizando en la cultura y costumbres de los dominicanos. Juntos, extranjeros y dominicanos, comenzaron a interactuar en algunas ciudades y en los centrales azucareros: cocolos, haitianos, dominicanos, chinos, árabes, cubanos, puertorriqueños, americanos y españoles, principalmente, y muy temprano surgieron las primeras agrupaciones deportivas influenciadas por los norteamericanos: En 1901 se formó el “Jockey Club”, para 1907 se tiene la fundación del equipo de beisbol conocido como “Licey”,  en 1908 “The Surprise Society”,  y el “Sport Club” y la “Juventud Sport”, en 1912. También en ese año se fundaron la “Schamrock Criket Club”, y la “Ciudad Cricket Club”; reflejos de que la presencia americana se iba adentrando en algunas aéreas de la sociedad dominicana.

Pero no se puede decir, que como fruto de la presencia de la inversión norteamericana y de la incidencia de los Estados Unidos en la vida político y social, las nuevas culturas procederán desde el ámbito de Norteamérica. Desde allí nos llegaron muchas prácticas y costumbres, pero también los inmigrantes realizaron importantes aportes culturales al proceso que se comenzó a vivir a partir de 1916, cuando fueron apareciendo nuevas formas y modalidades que hasta entonces habían sido desconocidas; sin embargo, los cambios estructurales que permitirán las transformaciones culturales serán responsabilidad del gobierno  militar de ocupación. Esas innovaciones estarán presentes, sustentadas en una reforma radical de la estructura del Estado; una legislación para romper con la propiedad de los terrenos comuneros; cambios en el sistema educativo, tanto escolar como universitario; un plan intensivo de construcción de puentes y carreteras, asfaltado de carreteras y calles, y la construcción de edificios gubernamentales, entre otros no menos significativos.

Es en ese proceso, que se hará determinante a partir de la ocupación militar americana de 1916, que se va a incrementar  considerablemente la construcción de vías de comunicación, se amplió el transporte de cabotaje a través de navieras norteamericanas, se hizo más fluido el contacto con los Estados Unidos, especialmente con la ciudad de Nueva York, y se amplió el mercado interno permitiendo el flujo de productos y mercancías que comenzaron a ser consumidas por la población dominicana. De modo, que la población urbana y la campesina iniciaron un proceso de acercamiento y de integración cultural. Lo extraño se fue haciendo parte de la identidad nacional.

En el período de la Ocupación americana (1916-1924), el gobierno militar extranjero tomó medidas político-administrativas propias de un régimen dictatorial e impuso un proyecto de dominación que fue más allá del interés económico: censura a la prensa, desarme de la población, reordenamiento de la estructura administrativa del Estado, obras públicas, eliminación de la Guardia Republicana y creación de una policía dominicana controlada por oficiales norteamericanos. Todo esto acrecentó la presencia e incidencia de los inmigrantes norteamericanos, que junto a los miles de soldados llegados desde los Estados Unidos, se relacionaron con los dominicanos en las diferentes instancias del gobierno, la industria y en las diferentes actividades sociales y comerciales.

Cuando se efectuó la ocupación militar, los americanos promovieron la idea, creída y celebrada por muchos, de que ellos venían a poner el orden y a convertir a los nacionales en “personas más civilizadas”, indicios del especial interés en cambiar la cultura y la forma de ser de los habitantes de la Republica. El 12 de julio de 1924, cuando las tropas comenzaron a salir del territorio,  ya en amplios sectores urbanos y zonas cañeras, principalmente, se dejaba sentir la influencia cultural, fruto del proceso vivido.

Tal vez alarmado por los cambios que se reflejaban en la cotidianidad de los dominicanos, Bienvenido Gimbernard, director de la revista Cosmopolita, llegó a decir en sus páginas que después de la Primera Guerra Mundial la tolerancia había ganado terreno y la presencia de los marines no nos hizo más civilizados, sino más tolerantes: “Antes—dijo él—nos ofendíamos por lo que ofendía a la moral, ahora la moral es la que ofende a nuestros libertinajes”, expresión que reflejaba, sin lugar a dudas, de que algo había pasado en la sociedad que era percibido por la generalidad  y que tocaba la cultura y la identidad, provocando reacciones de rechazos en algunos sectores.

Para ejemplo de lo que venimos observando, podemos tomar como referencia el libro “Los Civilizadores”, escrito durante la Ocupación y publicado en 1924. Esta novela de Horacio Read, integrante  de la organización literaria y cultural conocida como “El Paladión” fue en cierta forma, una respuesta a la “civilización” que los americanos quisieron imponer. Y en ella, el intelectual trató de mostrar la incidencia de los Estados Unidos, que a su juicio prometió “civilizar” a los dominicanos, cuando lo que provocó—dice él—fue  retrotraer la sociedad a una época de barbarie,  lamentando la forma en que sucumbieron los valores morales del pasado, desarraigados por la presencia extranjera.

Entre los aportes desmoralizantes de los ocupantes, el autor destaca la moda de utilizar palabras en inglés en el habla de los dominicanos, así como la actitud complaciente de muchos hombres que permitían que sus esposas participaran en fiestas acompañados de sus amantes y en sus hogares adquirieron las raras costumbres de “dormir las siestas” con los amigos. Además, de que se deleitaban tomando copas de “crema de menta”, y competían en algunos juegos para obtener besos como premios, y comían pickleys y carne en latas, brindaban el té, jugaban “take and put”, bailan “fox trots” y “one-step”, al compás de una pianola eléctrica o una victrola, mientras tomaban whisky y se contorsionaban al ritmo del baile conocido como “shimmy”.

Por otro lado, Juan Isidro Jimenes Grullón, en su libro “La República Dominicana: una ficción” abordó lo que él llamó “los síntomas espirituales” de la decadencia que se había iniciado durante la ocupación militar americana, y entre estos citó el auge “de la corriente pro-norteamericana en el seno de la burguesía” y su afán de que el país se convirtiera en una colonia similar a Puerto Rico. “La ocupación trajo consigo una norte-americanización de las costumbres—dice Jimenes Grullón—y  era un orgullo para quienes se acogían a su influencia, hablar preferentemente en un inglés chapurreado”.

Parecido conceptos fueron externados por Ramón Marrero Aristy en el volumen tres de su obra histórica “La República Dominicana”, al decir que “con la presencia de los norteamericanos perecieron muchas costumbres sanas y numerosos mitos. La gente joven y las mujeres adquirieron costumbres más independientes y la obsesión del dinero como elemento determinante del valor del individuo se apoderó no sólo de las clases encumbradas sino de gran parte de las otras radicadas en las zonas urbanas”.

Sin lugar a dudas, los norteamericanos lograron realizar importantes aportes en materia de higiene, construcciones, transporte, hospitales, carreteras, establecimientos de casas comerciales y bancarias, cambios en el modelo educativo tanto en las escuelas públicas como en la Universidad de Santo Domingo, el transporte marítimo, la radiotelegrafía y la radiodifusión, la construcción de grandes edificios de mampostería, puentes de hormigón, escuelas, utensilios caseros, y cambios importantes en la cocina nacional; pero estos solo eran percibidos en la zona urbana de las principales ciudades, no así en los campos dominicanos donde las costumbres  se resistieron por mucho tiempo, tal vez por estar más alejados de la presencia extranjera.

Por ejemplo, en el ámbito de la salud y la higiene, cuando el gobierno de Horacio Vásquez construyó el primer acueducto de agua potable en la capital de la República, en 1928, todavía la generalidad de los dominicanos seguían utilizando el retrete o letrina y se bañaban en los ríos, como lo dice Marrero Aristy en el libro citado: “Sin acueducto, la higiene personal era muy difícil. Fuera de los baños en los ríos a la manera primitiva, muy pocas familias podían disfrutar de los beneficios del agua corriente y las duchas. Los sistemas sanitarios permanecían a la altura de los retretes en las principales poblaciones, con excepción de los barrios céntricos de Santo Domingo”.

Pero el rápido contacto con el exterior por la vía aérea y marítima, pues ya en 1928 existía una línea aérea, la existencia de radioemisoras y una prensa que se modernizó con poderosas impresoras y conectadas al mundo por la radiotelegrafía y el “cable submarino”, así como el proceso de naturalización como ciudadanos dominicanos y la formación de familias en las que se cruzaban inmigrantes y nacionales, sumado a la existencia del cine  y la consolidación de una cultura de consumo de productos norteamericanos, marcaran de manera definitiva a la población.

La sociedad se hizo más liberal y se inició el rompimiento con el conservadurismo social. Como consecuencia de esto, comenzaron a publicarse revistas, como El Grafico y Cromos, en las que aparecían a páginas completas imágenes de mujeres totalmente desnudas, fotografías que hoy podrían ser tenidas como pornográficas, mientras que lugares exclusivos, como  el “Club Unión”, centro de diversión  por excelencia de la aristocracia dominicana, abrió sus puertas al merengue y el bongó, al güiro, la maraca, la rumba y la guaracha, que a decir de Gimbernard “acechaban en espera de la oportunidad de su invasión”.

En el ámbito juvenil y especialmente entre los intelectuales nacionalistas, motivados por el positivismo, la educación hostosiana, el arielismo y el socialismo, pareció que fueron críticos a los cambios que se estaban efectuando y una gran actividad se dejó sentir después de la salida de las tropas extranjeras, buscando las raíces de los males sociales y planteando alternativas de bien común como eran la renovación y la regeneración de la sociedad dominicana como contrapartida al interés “civilizador”. 

Durante los ocho años en que el país fue dirigido por un gobierno extranjero,  se dificultaron sobremanera las actividades políticas y culturales y la expresión del libre pensamiento; pero las medidas dictatoriales de los gobernantes americanos no impidieron el surgimiento de agrupaciones literarias y la circulación de interesantes publicaciones, voceros de los más jóvenes intelectuales de la época. 

  Entre las agrupaciones formadas sobresalieron “El Paladión”,  “Plus-Ultra”, y el “Movimiento Postumista”. El primero tenía como centro de operaciones la revista “Blanco y Negro” los Postumistas tenían su nicho en la revista la “Cuna de América” y en la revista “Letras” publicaban los de “Plus-Ultra”, fundada en 1921 y dirigido por Manuel Arturo Peña Batlle. Esta agrupación también publicaba en 1922 la revista “Claridad”.

En “Plus-Ultra” participaban Manuel Arturo Peña Batlle, Alcides García Lluberes, Juan isidro Jimenes-Grullón y Arturo Despradel y en “El Paladión” eran de los primeros Carlos Sánchez y Sánchez, Julio Cuello y Francisco Prats Ramírez.  Tanto “El Paladión” como “Plus Ultra” se fusionaron con otras instituciones en 1931, para dar paso a la agrupación “Acción Cultural”.  Por su parte, en el “Movimiento Postumista” fueron principales líderes Domingo Moreno Jimenes, Andrés Avelino y Rafael Augusto Zorrilla.  Todos ellos se adscribieron a la tendencia nacionalista, que rechazaba la ocupación militar, y por tanto críticos del proceso de norteamericanización de la sociedad dominicana.

Las actividades sociales que incluían a norteamericanos y dominicanos no dejaban de ser llamativas para quienes las presenciaban. Muchos participaron con interés en un tipo de “jiras” que los americanos llamaban “Picnic”, y se practicaban en campos, a orillas de los ríos o en las playas. Para tener una idea de lo que era esta diversión,  y hasta donde había llegado, de acuerdo a los críticos, la actitud liberal de los dominicanos, veamos el siguiente párrafo tomado de la citada novela de Horacio Read conocida como “Los Civilizadores”:

“Los invitados al pic-nic pasaban de veinte parejas y sin embargo no había ni una mujer que estuviese allí  con su marido a pesar de que todas eran casadas; habiendo cambiado sus trajes de calle por el de baño para mojarse el cuerpo y soportar mejor el calor. (…). Después de esto los recién llegados se escondieron detrás del automóvil para cambiar su traje de calle por el de baño que se había impuesto: los hombres dieron la espalda a las mujeres y el cambio se hizo discretamente, sin que ojos indiscretos contemplaran aquellas desnudeces tanta veces adoradas en la intimidad”.

Esa era la ciudad de Santo Domingo y la población que estaba cambiando, influenciada por las costumbres extrañas que ya no tenían límites. En algunos hogares comenzaron a instalarse al finalizar el año, los famosos arbolitos de navidad, que ha decir de Félix Servio Ducoudray, “llegó a Santo Domingo con muy mala compañía, a fuerza de habito foráneo que no nos concernía. Y no desde la Europa original, sino después de hacer escala de inmigrante en Norteamérica”, de donde penetró al país en los tiempos de la ocupación extranjera. Por igual sucedió con el intercambio de tarjetas navideñas, y el país conoció el uso de los aviones o avionetas como medio de transporte.

Podemos concluir en que los cambios producidos en  nuestra cultura y costumbres, fruto de la intervención militar americana de 1916, fueron muchos y diversos, y aunque no podemos decir que todo apuntó, ni llegó desde Norteamérica, sí que debido a las transformaciones económicas, tecnológicas, educativas, comunicacionales, así como los avances en la producción industrial y la expansión del comercio provocando el surgimiento del mercado interno, y debido también a la importante inmigración incentivada por la industria azucarera de propiedad norteamericana, la identidad de los dominicanos entró en un proceso de cambios que los hizo ser diferentes a los que fueron en los tiempos anteriores a la ocupación norteamericana de 1916.

(Conferencia de Alejandro Paulino Ramos en el Centro Cultural Banreservas, 10 de agosto 2016.  Todas las imágenes pertenecen a la colección de fotografías del Archivo General de la Nación).

 
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